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viernes, 3 de junio de 2011

Daniela Camacho (Culiacán, México, 1980)

De Plegarias para insomnes (Editorial Praxis, 2008), llega esta selección de poemas de la autora mexicana.

Daniela ha publicado los poemarios En la punta de la lengua (Tintanueva, 2007) y Plegarias para insomnes (Editorial Praxis, 2008). También publicó el libro de palíndromos Aire sería (Editorial Praxis, 2008). Forma parte de la antología bilingüe, español-portugués, Tránsito de fuego (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2009), La mujer rota (Literalia editores, 2008), Los siete pecados capitales. La lujuria (Alforja, 2008) y Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México (2008). Es fundadora y miembro del consejo editorial y de redacción de la revista El Puro Cuento. Sus poemas y ensayos han sido publicados en revistas y periódicos de distintos países de América latina.

Fue invitada al VII Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango (mayo 2011).




De mujer sin lengua

un golpe del alba en las flores
me abandona ebria de nada y de luz lila
ebria de inmovilidad y de certeza
Alejandra Pizarnik

Ebria que no, que de la luz no. Ebria y salmodiada por la noche no.
Los pájaros más negros de mi boca y los cuchillos no,
que de la muerte no. Todo el silencio y el gemir de oboes,
la muchacha prostituta en mi ventana,
el musgo entre los dientes no. El canto tremebundo de cigarras no,
la hondura no. Yo arrastro este muñón de lengua entre palabras mudas que ya no,
que lloran porque no. Y es ésta mi plegaria,
ésta mi más dulce imprecación: la del dolor que no.



Porque no

Porque no la noche, no el silencio, no la luz. Porque no la muerte me apacigua
con su vivo latecer de lunas gemidoras y anémonas nocturnas. Porque no el olor a yerba
ni el sabor del higo me detienen el temblor de versos en la lengua, el dolor anfibio
de arrastrarme en las esporas del vacío. Porque no. No tu boca ni mi boca en otro cuerpo no,
sedienta no de sed sino de sueño porque no, la noche no, la noche no.



De la ceguedad

Lector: tú conoces el dolor de la ceguera,
tú te has arrancado las pupilas ojo a ojo,
noche a noche, cuando cada pájaro salpica de purpuridad el vuelo.




A Scott San Román

Un bramar de clavicordios ensordece el valle
de los muertos. Yo lo escucho con mi sed de
noche en un vaso sin estrellas.



Estoy azuleciendo de sin palabras. El silencio
Es algo muy hermoso y muy terrible.



La niña que olvidó sus ojos marrones junto a
la noche soy yo. La ciegamente sola, amadora
del silencio, de la luz.



Atardecí como la ahogada en un río de pájaros.
La noche me resucitó las alas, pero alguien
dijo que las muertas no saben volar.



Una horda de azafranes y su lluvia de semillas
herrumbraron mi lenguar. Ahora espero,
con los ojos muy abiertos, que un caballito
del diablo venga y me lama la nuca.



La más sanguínea hembra tiene hoy venas vacías.
Y es otramente ella, tan cantando como
siempre en su apátrida lengua.




II

Morir. Morir insomne y desierta. Cuando
todo huela a caléndulas y a mar. Amar.
Cuando el mundo se convierta en el último
murmullo de Dios, cuando no haya más silencio
que el batir de alas de un pájaro ciego.
Llover. Lluviar toda la fe que se me pudre en
las heridas, hablar en monosílabos, morder la
pulpa del dolor. Morir. Morir atenta, con el
estómago vacío y los ojos muy abiertos. Mirar.
Mirarlo todo, el cuerpo violentado de la niña,
la sangre coagulada de los perros, el genocidio
de poetas. Entender. Saber que en estas horas
todo es mentira, el olvido, la guerra, la resurrección
y el tiempo. Dormir. Dormir es imposible.
Por eso digo que es mejor morir.




IV

Yo no sé decir la muerte de los otros. Sé llorar
sin sílabas, noctambular en la desnoche,
exiliarme de mi sombra, de tu voz, de la sangre
de tus dedos. Puedo eyacular tristezas y delirios,
respirar tu nuca, fracturar y masticar mis huesos.
Sé beberme los horrores del ensueño, los
orines de la tarde, los fluidos más espesos de
este cuerpo dolorido y mutilado. He aprendido
el ritmo del insomnio, su vaivén, su luz tormento. He tenido
orgasmos cieguísima de ti,
tristísima de mí, solísima. Mas yo no sé decir
la muerte de los otros, no con lo infecundo
de mi vientre, no desde el aborto de mi tumba.



VIII

Un cadáver mariposa bate polvo en el vientre
de la insomne. Ahí en la medianoche de su
ombligo siembra lenguas de algún muerto, de
algún triste. Lenguas luneridas de sudor y negritud.
Santas lenguas. Crecen en su entraña y
le tatúan el cuerpo. Le dibujan sed y cementerios.
Negra la saliva, húmedo el silencio, moho
y podredumbre floreciéndole en los muslos.
Sangre y soliluna en llantos ojos, nocturnísimos, terrestres.



XIII

Un trinar de lunas va resucitando lenguas
en mi boca. Cansada del veneno y las cenizas,
amanezco sobre el muelle de los solos, los
enfermos, los vencidos. Desde ahí labro mi
pelvis con el pétalo de un barco que hace tiempo
naufragó, voy cosiéndome las vértebras,
recordando el día en que desnuda y enllagada
vomité limosnas, masticando el tiempo del aullido
y el color del asma, orinándome los huesos. Mi
voz no dice nada, sólo gime, murmura el abandono
de las plumas y el mendigo. Mi voz no dice nada,
es un soplo que me ablanda los pulmones y la tráquea,
es la mosca fértil, el herido pez que me navega los vestigios de la tarde.
Y no me dice nada.



XXI

Mis ojos: pájaros sonámbulos bajo una lluvia
triste. Vagantes. Rendidos náufragos de luz y
nocturnales utopías. Buscan el reflejo de algún
sueño a tientas, el iris más violeta cada vez,
las pupilas dilatadas. Mis ojos –cadáveres desnudos-
ahogan su orfandad en tu mirada.



XXIV

Silencio. Detrás del ojo izquierdo habita siempre
un larvario de libélulas: ninfas de agualuna,
cazadoras de insectívoros secretos.

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